Trazando las ciudades del futuro

 Desde las ciudades medievales cerradas y amuralladas hasta el racionalismo especulativo en el que se fundan las urbes modernas han transcurrido muchos siglos y se han sucedido diversos, y hasta antagónicos, criterios sobre el urbanismo. Hoy, casi nadie duda que el planeamiento urbano sostenible es el único capaz de ensamblar las actividades humanas en un entorno cada vez más amenazado y deteriorado. Nos encontramos ante un proceso multidisciplinar, en el que la participación de aparejadores y arquitectos técnicos es imprescindible para trazar, junto a otros profesionales, las ciudades del futuro.

 

Mariano Capel, arquitecto técnico

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El estudio de la ciudad, de su corazón y, en general, de los centros de la vida común, se nos presenta actualmente tempestivo y necesario. Investigaciones analíticas demuestran que las zonas centrales de las ciudades son cauces estériles, y hay que indicar que lo que un día constituyó el corazón, el núcleo de las viejas urbes, se encuentra en ocasiones desintegrado.

Reconociendo las enormes ventajas y posibilidades de los nuevos medios de telecomunicación, seguimos creyendo que los lugares de reunión pública, como plazas o paseos, no son cosas del pasado, y que, debidamente adaptadas a las exigencias de hoy, deben tener lugar en nuestras ciudades.

La ciudad se ha ido transformando y conformando al correr la historia. Así, podemos decir que la ciudad es historia en sí misma. La ciudad en que vivimos tiene siempre un carácter de reliquia donde se da culto a los antepasados. Si deambulamos por París, por Madrid, por cualquier población, no dejaremos de poder hallar el ambiente de los ‘mosqueteros’, el itinerario de Bonaparte hasta su Escuela Militar, la sombra del Cardenal Cisneros, el eco de las pisadas de Lope de Vega... En fin, el latir del corazón de esa ciudad.

En las ciudades modernas conviven antiguas estructuras históricas junto
 a las nuevas formas del desarrollo y la técnica.

Julián Marías ha afirmado que “la razón de que las ciudades sean decisivas en toda la sociedad es que son el órgano de la socialización o, si se prefiere, de la sociabilidad. Una sociedad es sociedad y, sobre todo, es una, gracias a sus ciudades. Las ciudades son insustituibles en nuestra sociedad. Puede vivirse fuera de ellas, pero siempre contando con ellas, con un apoyo y especial referencia en ellas”.

Basta decir que la ciudad moderna es un conglomerado en el que perviven estructuras históricas y antiguas formas de vida junto con las nuevas del desarrollismo y de la técnica. Se caracteriza por su desintegración. No es una ciudad pública a la manera clásica, no es una ciudad campesina y domestica, no es una ciudad integrada por una fuerza espiritual. Es una ciudad fragmentaria, caótica, dispersa, a la que le falta una figura propia. Consta de áreas indeciblemente congestionadas, con zonas diluidas en el campo circundante. Ni en unas puede darse la vida de relación, por asfixia, ni en las otras por descongestión

La ciudad se debe estudiar desde múltiples ángulos: histórico, geográfico, económico, político, sociológico, y desde el ángulo del arte y de la arquitectura.

Para comprender lo que ha sido, es y puede llegar a ser la ciudad, no es posible olvidar, entre otros factores, su proceso histórico: desde el amurallamiento de las ciudades medievales como organización comuna, hasta el racionalismo especulativo en el que se funda la ciudad moderna..

Las ciudades antiguas no podían ponerse como ejemplo de construcciones racionales. Nace la ciudad como obra de arte con tímidas actuaciones de plazas y edificios pensados con simetría, algunas de ellas constituyentes por sí solas de entidades completas -nuestras plazas mayores- o, cuando las circunstancias lo permitían, trazando ciudades de plano regular como las de nuestra colonización americana. El sistema racional seguido fue la retícula, la cuadrícula, falto de la más elemental sutileza artística y humana.

El período del barroco y la posterior reforma suscitada por la revolución industrial del pasado siglo transforma las bases de diseño de la ciudad, implantándose los criterios de carácter estético en el barroco y de los postulados utilitaristas del XIX.

La insalubridad de las ciudades industriales provocó tendencias ‘verdes para la salud.

En 1933 se elabora la denominada “Carta de Atenas” desde el IV Congreso Internacional de la Arquitectura Moderna, en el que, tras el estudio sistemático de las mayores ciudades del globo, surge la ‘Ciudad Funcional’, asentando las ideas de Le Courbusier. De los principios dimanados de dicho Congreso, uno, el que distribuye y regula las cuatro funciones primarias de la ciudad- vivienda, trabajo, ocio y circulación- plasma el urbanismo moderno en una formula elemental, a un tiempo concisa y viciada de origen.

Con esta tendencia se aboga por la liberalización de los espacios libres, la agrupación de volúmenes edificatorios, separación de itinerarios para tráficos rodado y peatonal, el soleamiento de la edificación etc..., apareciendo terminologías como sectorización, polígonos de actuación, planeamiento general, y otros. Conceptos aún hoy usados en el urbanismo y que han llevado a nuestras ciudades a la actual situación de densidades elevadas y caos circulatorio.

 

Modernas tecnologías

Tras la segunda guerra mundial se fomenta un nuevo modelo, combinando la tecnología y la ciencia modernas para la exploración de nuevas energías: nuclear, solar, eólica, térmica y otras renovables, de manera que, de nuevo, la naturaleza fuera utilizada más eficazmente en beneficio de la humanidad, pero sin cambiar sustancialmente el enfoque anterior en el diseño de las ciudades.

En los años 60 a 70 empieza a perderse la confianza en la ciencia y la técnica, emergiendo nuevas tendencias de retorno a la naturaleza. Surge el término ‘ecología’, como acusador de la fragilidad del planeta Tierra.

En la actualidad, aproximadamente el 50 % de la población reside en la ciudades, indicando las previsiones que en el año 2025 el porcentaje de población urbana superará el 75 %. Las ciudades representan una contribución del 75 % de la contaminación global y utilizan más del 70% de la energía consumida por la humanidad

Los automóviles y el planeamiento urbano basado en el vehículo privado son responsables de muchos de los males urbanos. Es un hecho que el planeamiento urbanístico ha estado dominado durante las últimas décadas por el automóvil y el tráfico. La motorización en las grandes urbes se sitúa ya entre 600 y 700 turismos por mil habitantes y la tendencia indica que en un decenio habrá más de un vehículo por residente en muchos lugares. Esto implica entre 2’5 y 3 coches por vivienda, por lo que si no construimos edificios con un estándar de 3 plazas de aparcamiento por vivienda, no podremos circular por unas calles repletas de coches aparcados.

 Con anterioridad hemos hablado del término ecología. Fue en el año 1992 cuando se le da un último y esperamos que definitivo impulso, al reunirse los líderes de 172 países en la Conferencia de Río de Janeiro, en la Primera Cumbre Mundial del Medio Ambiente, donde surgió el término sostenibilidad, que tiene como objetivo el diseño, la planificación y la gestión de comunidades humanas sostenibles: ecocomunidades, ecociudades o ecópolis.

Entendemos que el planeamiento urbano sostenible es el único medio de acomodar las actividades humanas en un entorno cada vez más amenazado y deteriorado.


Actualmente, aproximadamente el 50 por ciento de
 la población reside en las urbes.

Movilidad sostenible es una de las voces más usadas durante los últimos años para abogar por un mayor respeto a las condiciones ambientales urbanas, que obligan a un cambio en la manera de la planificación de las ciudades especialmente en lo que compete al diseño de las vías de transporte, el tráfico y el aparcamiento. Peatonalizando, en general, los entornos urbanos, en especial las áreas de cascos antiguos, así como dando prioridad al diseño y ejecución de áreas peatonales sobre las áreas de tráfico en las zonas de nuevo trazado, se podría conseguir un resultado más cercano al concepto de accesibilidad total.

 

Aparejadores y arquitectos técnicos

La más elemental acción de trazar la alineación de fachada de un edificio se puede considerar como un acto primario del urbanismo. Como dijimos anteriormente, la ciudad se debe estudiar desde todos sus ángulos, incluido, lógicamente, el arquitectónico. Por ello, la labor planificadora de las ciudades no puede estar reservada a un concreto agente sino a todos los agentes sociales intervinientes en el proceso urbanístico. Estamos ante un proceso pluridisciplinar, en el que se entiende como absolutamente necesaria la participación de profesionales de una diversidad de conocimientos, tanto teóricos como prácticos, desde una continuada dedicación profesional.


La ciudad se debe estudiar desde todos sus ángulos, 
incluido, lógicamente, el arquitectónico

 

En el proceso urbanístico es clara la intervención del sociólogo, del geógrafo, del economista, del jurista y, desde luego, del técnico de arquitectura, y es preciso en este momento efectuar un pequeño análisis de la participación del aparejador o del arquitecto técnico en el proceso urbanístico.

Parece criterio generalizado que nuestra actuación profesional se vincula básicamente a la labor de dirección técnica de obras, oficina técnica y, en flecos minoritarios, a la docencia y otras actividades.

Quisiera transcribir unos párrafos del dictamen elaborado en diciembre de 1.989 por el catedrático de Derecho Administrativo Fernando Garrido Falla a requerimiento de nuestro Consejo General: “....estos profesionales -de la Arquitectura Técnica-  han desarrollado un nivel de conocimientos en legislación urbanística que les convierte en el personal idóneo para calificar actividades en las que, a su vez, son expertos por virtud del título académico....”. “..., en la práctica, la función de informe técnico previo a la concesión de licencia ha venido siendo ejercitada, en gran parte de los municipios, por arquitectos técnicos o aparejadores, a plena satisfacción y sin problema alguno, durante más de cincuenta años, sin que se hayan provocado conflictos competenciales.....”.

Son datos absolutamente válidos y he de indicar que, tras un sondeo realizado entre nuestro colectivo, se ha podido constatar que aproximadamente un 36 % de aparejadores y arquitectos técnicos se dedican a labores de urbanismo, en cualquiera de sus ramas: informativa, planeamiento, gestión y disciplina.

El aparejador o arquitecto técnico que desempeña su ejercicio profesional liberal se encuentra continuamente con el requerimiento de que efectúe el estudio de la edificabilidad que dispone un terreno, o bien que realice el estudio de viabilidad de determinada promoción inmobiliaria. Para ello precisa obligatoriamente disponer de los suficientes conocimientos de urbanismo que le permitan analizar la capacidad edificatoria del área en estudio. Términos como gestión y reparcelación, son, desde el punto de mira de las salidas laborales, una posible fuente de clientela, que desde el primer paso del análisis del terreno, finalizan con la conclusión de las obras de edificación y urbanización correspondientes, a lo largo de todo el proceso constructivo en el que intervienen los profesionales de la Arquitectura Técnica.

Hay que indicar que lo antedicho se estima como una aproximación a la actual realidad de nuestro ejercicio profesional. De igual manera, hay que indicar que no se estima absolutamente objetivo lo indicado por Garrido Falla en que somos “ expertos por virtud del título académico”,  toda vez que, en materia urbanística, no disponemos más atribución que la relacionada con la información, a nivel planeamiento, y la vinculación con el reglamento de disciplina, en aquellos expedientes de dictamen sobre estados de edificaciones ruinosas, no discutidos hasta ahora por ningún otro colectivo profesional.

 Expertos

Lo que sí es cierto es el apelativo de expertos que se nos atribuye, y somos muchos los dedicados desde hace muchos años a labores netamente urbanísticas, no limitadas únicamente a las indicadas de información y dictamen, sino plenamente a labores de planeamiento y gestión urbanística, protegidas nuestras actuaciones por razón de destino dentro de la Administración y desde la empresa privada, aunque, en la práctica, en el mayor de los anonimatos.

En el año 1994, en el marco del II Congreso Nacional de Aparejadores y Arquitectos Técnicos celebrado en Granada me manifesté en este sentido en una de la ponencia que reivindicaba la instancia a las autoridades académicas para que se incluyera la materia urbanística en los programas de estudios impartidos en las diferentes EUAT, así como que se instara al órgano gubernamental correspondiente para que se atribuyeran competencias profesionales en el área urbanística para nuestro colectivo.

Han transcurrido seis años y he de reconocer que en diversas EUAT se imparte enseñanza urbanística, destacando la Universidad Politécnica de Cataluña.

No puedo dejar de aplicarme una cierta “paternidad compartida”, con la satisfacción que me reporta ver que hoy, desde la labor docente mediante la aportación de conocimientos urbanísticos a nuestra profesión, se camina hacia la incorporación titular del arquitecto técnico al proceso urbanístico como agente de pleno derecho.

Entiendo que la labor de formación en materia urbanística ha de llevarse a cabo desde todos los ámbitos posibles.  Así, al igual que en otras materias relacionadas con nuestra profesión, la labor de formación continua que se imparte desde los Colegios Profesionales debe también abarcar la formación urbanística. En este sentido, hay que indicar que el COAAT de Murcia, desde abril de 1999 y hasta el mes de julio de este año, en colaboración con la Universidad CEU San Pablo de Elche, está llevando a cabo un Máster en Urbanismo para licenciados y diplomados universitarios.

Quisiera que este artículo pudiera servir de llamada a aquellos aparejadores y arquitectos técnicos interesados para que participen en la constitución de una asociación nacional de aparejadores y arquitectos técnicos urbanistas -ANATURB-, cuyo objetivo será reivindicar el reconocimiento de la participación de nuestra profesión en el proceso urbanístico.