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Pasado, presente y Bolonia (I)
Por Fernando Hernández
Corbacho Revista
del Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Madrid |
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Tras el paréntesis de unos pocos años de aparente quietud, en un horizonte nada lejano, nuevos retos y nuevas perspectivas se abren en nuestra profesión: Bolonia; la declaración de Bolonia que, a finales de la década pasada, dio la señal para el inicio de la convergencia de las carreras universitarias en el seno de la Unión Europea, y entre ellas la de los arquitectos técnicos.
En un editorial de la revista Cercha, de junio de 2003, se avanzaba ya que una titulación tan generalista como la nuestra pasará a convertirse, en lugar de un ciclo terminal como lo es ahora, en una carrera de grado: como el hito de un largo camino con acceso al master y al doctorado. Tras aclararse allí que el nuevo panorama no debe ser motivo de preocupación -porque no pone en peligro ninguna titulación en el presente-, ante el nuevo marco que se vislumbra, justo en el momento la gestación de una nueva situación común que trata de "establecer un espacio europeo de enseñanza superior con respeto a la diversidad de culturas", el editorial terminaba llamando a la reflexión, al trabajo coordinado y conjunto de todas las instituciones, tanto profesionales como académicas.
Pero la aparente serenidad que derrochaban esas líneas -propia de tan reconocida revista-, no aleja un ápice de inquietud ante la magnitud del cambio. Y no es para menos si se piensa que los órganos realmente decisorios de la UE (Consejo y Comisión), en otros órdenes de la vida económica y política de la Comunidad Europea, parecen vivir más atentos a su propia dinámica y a sus propios planes de liberalización y desregulación que a los intereses de la ciudadanía: no es casualidad la creciente pérdida de confianza en esas instituciones y la falta de entusiasmo entre la gente por el europeismo de hace unos años. Pero no sólo por esta situación, sino porque, como suele decirse, "a río revuelto, ganancia de pescadores", bien valdrá enfatizar más aún el llamamiento a ese trabajo coordinado entre las instituciones académicas y profesionales a que se refería el mencionado editorial.
Pasado y
futuro de nuestra profesión
Pero no se
vea lo dicho como una manifestación de temor, de miedo ante un futuro incierto
o como una forma de lucha inútil por preservar una serie de prebendas
corporativas. Nada de eso; pues al cabo nuestra profesión es consciente de
que, a lo largo de su historia, no siempre ha contado con bordes precisos, y ha
debido encontrar su lugar no sin notable esfuerzo. Y es precisamente esa razón
de ser, ese modo histórico de querer ser y de querer llegar a ser, ese
peculiar êthos de esta profesión
que somos, ciertamente tan peculiar en nuestro suelo, el que nos debe colocar
ante el futuro con un espíritu especial de entusiasmo y de esperanza; porque
si hay algo que la historia de esta profesión nos enseña es que el
Aparejador, el viejo Alarife de la villa de Madrid, ha sabido abrirse un
brillante camino en el gremio de la construcción a lo largo del tiempo.
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En el libro El oficio de construir: origen de las profesiones. El Aparejador en el siglo XVII (Edición del Colegio de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Madrid, 1990), su autora, María Victoria Morales, nos recuerda, al repasar el nacimiento de la Cofradía de Maestros de obras de Madrid, en 1742 -que fue origen de lo que hoy es la profesión del arquitecto técnico y de nuestros colegios (1)-, cómo aún en aquélla época se seguía "considerando al Aparejador como una forma de actuar, no como un título diferenciado". Y es que, después de todo, quizás sea esa frase la que mejor condense no la descripción de una situación concreta, sino todo un modo de ser. En efecto, una lectura de ése libro, al margen de un apasionante deslindamiento de las funciones del Alarife -base de un inagotable elenco de atribuciones con futuro, en las que hemos de seguir profundizando y para las que nos hemos de seguir preparando más y mejor como justos merecedores-, muestra a las claras que si la azarosa definición del Aparejador no cobra carta de naturaleza hasta el siglo XIX con la reforma de Luján, quizás no sea por otra razón que por la arriba señalada: porque la ausencia de unos perfiles nítidos hasta fechas tardías nos define, dentro del proceso, constructivo, más que como una profesión de ámbito cerrado y limitado como un cargo o una prestigiada función -muy disputada por cierto incluso por Maestros Mayores o arquitectos (2)- que, en aquél tiempo, fue paso o camino al empleo de Arquitecto en las obras de la realeza y de las órdenes religiosas.
Pero una mirada atrás, a nuestra historia, a más de un homenaje a Aparejadores como Gómez de Mora, Pedro de Tolosa, Fray Antonio de Villacastín, Lucas de Escalante, Alonso Carbonel, Pedro de Mazuecos o Pedro de Lizargárate, ha de servir no sólo para dar un paseo curioso en el pasado; ese pasado, sobre todo, nos brinda la oportunidad de seguir el hilo de una profesión con su futuro: con el futuro de una sociedad que ya se ha empezado a llamar la "sociedad-red".
La profesión, pues, entendida como camino, como función o forma de actuar -que ya en el siglo XVII requería una especialización, unos conocimientos y una preparación nada común-, o como profesión abierta, polivalente y empeñada en su futuro, son y deben seguir siendo los caracteres profesionales que, ya impresos desde su inicio, ahora, Bolonia a la vista, nos retornan como la imagen especular de lo que hemos sido, de lo que somos y tal vez de lo que seremos.
La profesión
en la sociedad-red
Sin
embargo, en el albor de siglo XXI, las sociedades han experimentado un cambio
proverbial. Un cambio que empieza a borrar tras de sí muchos de los referentes
válidos hasta no hace más de dos o tres décadas. Y eso nos debe hacer
reflexionar a fondo y de un modo especial si queremos mantener viva la llama de
nuestro pasado profesional, de nuestra identidad, y si pretendemos sobrevivir
dignamente en ese apasionante futuro. Pero, ante la nueva situación que se
divisa, antes de proyectar en el futuro la imagen que buscamos para nuestra
profesión, es conveniente conocer el medio en el que nos movemos; porque sólo
a partir de ahí es como podremos comenzar a escrutar posibilidades ¿Cuáles
son, por tanto, los rasgos definitorios de la sociedad en que vivimos?
Para contestar a esta pregunta, y como quiera que sea Manuel Castells uno de los sociólogos más cualificados para contestarla, voy a comentar el extenso análisis que hace en su largo artículo La sociedad Informacional, escrito en el libro Construir confianza. Ética de la empresa en la sociedad de la información y las comunicaciones (editorial Trotta, Madrid, 2003), en el que condensa y resume su pensamiento. Para Castells, el sistema social surgido en las últimas décadas se caracteriza por tres rasgos. Uno de ellos es el extraordinario incremento de la productividad, basado en la producción de conocimiento y la gestión de la información, que, "con el soporte de las nuevas tecnologías, permiten la interacción constante entre la producción de conocimiento e información y su utilización distribuida en tiempo real". Otro de los rasgos que destaca el autor viene marcado por la emergencia de una nueva forma organizativa, que es la red basada en el internet no sólo como tecnología, sino como nuevo sistema organizativo. Para Castells, en efecto, "las nuevas tecnologías basadas en la comunicación y el procesamiento de la información en tiempo real permiten a la vez la flexibilidad y la adaptabilidad de la red y la coordinación y centralización de las tareas"
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Finalmente, el último rasgo que caracteriza a nuestro tiempo es lo que se ha dado en llamar la globalización, es decir, el funcionamiento del sistema económico como unidad planetaria en tiempo real. "Esta globalización -sigue señalando el autor- se expresa en distintas dimensiones. En primer lugar, y sobre todo, es una globalización financiera. Lo cual es esencial. Decir que una economía capitalista quiere decir que el corazón de la economía está globalizado. Es también una economía globalizada en la producción y en la gestión de bienes y servicios", y sigue diciendo: "... las cincuenta mil empresas multinacionales y sus cuatrocientas quince mil empresas auxiliares concentran en este momento el 30% del Producto Mundial Bruto y dos terceras partes del comercio internacional y por tanto constituyen el núcleo de la producción en todo el planeta, del que depende el resto de las actividades", y añade: "... La ciencia y la tecnología también están absolutamente globalizadas sobre la base de redes de contacto y la colaboración entre los grandes centros universitarios y las grandes empresas. Por último, se ha globalizado el trabajo altamente cualificado, como el de los financieros, los tecnólogos, etc... Sin embargo, el trabajo poco cualificado no está globalizado, a pesar de lo que la gente cree..."
El actual modo de producción y de intercambio de productos y servicios en un espacio virtual que llamamos mercado, hoy rebasa fronteras y regiones. Para nosotros, los límites geográficos ya no son los Pirineos, sino una cosa multiforme e inalcanzable que se gobierna desde lejos y que llamamos Europa. Pero, más aún, el gobierno económico mundial es un gobierno deslocalizado; y es desde la OCDE, desde el FMI o el BM, o desde la OMC, desde donde resuenan los dictados de la economía que dirigen los mercados financieros y los mercados de bienes y servicios transnacionales. Aparentemente, así, estamos al albur de un gobierno global sin rostro.
Con todos esos elementos, el pronóstico de Castells sobre la globalizada sociedad actual viene a configurarse como una estructura en red y segmentada que "... permite que todo aquello que tiene valor, desde el punto de vista del sistema económico y social, sea integrado en las redes globales; mientras que todo aquello que no tiene ese valor es desconectado fácilmente, sin alterar la lógica del sistema". Se trata, pues, de una estructura cambiante que conecta lo que vale y desconecta lo que no vale, no sólo en la red del mundo desarrollado, sino también en la red de la periferia: "hay cosas, regiones o personas que tienen un valor en un momento dado y dejan de serlo en otro... No es pues ‑continúa diciendo el profesor‑ tan verdad la imagen de un tercer mundo desconectado y un primer mundo conectado a la economía de lo que vale: la desconexión puede tener lugar en capas o segmentos de la economía que no sepan estar a la altura de los tiempos".
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Pues bien, si se comparte el diagnóstico de nuestro sociólogo (también catedrático de sociología y planificación urbana y regional en la Universidad de California ‑Berkely‑), se aceptará la idea de que la cuestión pertinente es conectarse o desconectarse en esas redes globales; y de eso trata, de alguna manera, Bolonia.
Pero antes de extraer alguna conclusión que nos permita dibujar el panorama en el que nuestra profesión ha de desenvolverse, anotemos alguna cita más. "La expansión rapidísima de este sistema dinámico, ágil ‑sigue añadiendo Castells‑,... crea una extraordinaria tensión sobre los recursos naturales y sobre el sistema ecológico... por un lado, tenemos un conocimiento creciente de cuáles son los límites ecológicos del crecimiento económico... por otro, el dinamismo productivo del sistema es tal, que cualquier cosa que se pueda poner en explotación, se pone. Por tanto, sabemos los efectos negativos de lo que estamos haciendo, pero, al mismo tiempo, dejando el sistema a su propia lógica, la devastación medioambiental se acrecienta. Se controla localmente, pero se deteriora globalmente."; y añade para terminar: "Esto es el nuevo mundo en el que estamos. Un mundo en el que las instituciones políticas se rigen cada vez más por criterios mediáticos, los medios de comunicación se globalizan y los gobiernos de los Estados también se constituyen en redes globales de instituciones articuladas entre ellas. Por tanto, estamos saliendo del Estado‑nación como entidad individual".
Hasta aquí me parece que con tan pocos trazos no se puede describir mejor los rasgos de nuestra sociedad. Pero nuestra sociedad, como todas a lo largo de su historia, se define por sus cambios, por sus incertidumbres, por sus crisis (3). Y a ello le aplica Castells el escalpelo de su análisis. Para el profesor ‑miembro del Comité Asesor del Secretariado General de las Naciones Unidas sobre Tecnología de la Información y el Desarrollo‑, nuestra época se caracteriza por las nuevas y siguientes crisis: En primer lugar, por las crisis fnancieras. Estas crisis, contestadas por conocidos economistas como Stiglitz o Paul Krugman, o por movimientos ciudadanos internacionales como ATTAC, se caracterizan por la volatilidad de los mercados financieros de forma sistémica, que en momentos determinados provocan distorsiones en los equilibrios monetarios de países enteros, sumiéndolos en la miseria (Méjico, países asiáticos, Brasil, Argentina...), o desaforadas huidas a otros sectores productivos como desesperado refugio ‑caso de la vivienda en España‑, o el derrumbe y la caída del inflado valor de los stocks financieros tecnológicos.
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Otra de las situaciones que viene a provocar una mutación decisiva es la forma de producción que se ha dado en llamar la nueva economía; economía que basa su creciente productividad y competitividad "...en tres tipos de innovación articulados: innovación tecnológica, innovación en el proceso e innovación en el producto". Mas, para Castells, la crisis traída de la mano de la nueva economía que trastoca el modelo precedente, en lo que atañe a la innovación tecnológica se traduce en una gama de tecnologías, cuyo desarrollo y éxito se mueve en un mar de incertidumbre que es imposible de predecir". Eso de un lado, de otro, en lo tocante a la innovación del proceso y del producto, Castells pone el acento
en tres factores dinamizadores de ese nuevo modo de hacer: en la capacidad empresarial, entendida como capacidad emprendedora; en la cualificación del trabajo que innova, es decir, el talento que "... no requiere sólo grandes innovadores y grandes ingenieros, sino trabajo de gran cualificación, capaz de innovar a todos los niveles del sistema" ; y, por último, en la función de la investigación y el desarrollo, "que requiere un sistema de producción de conocimiento avanzado, que normalmente llamamos universidad"...
Tras una interesante discusión de la capacidad emprendedora que, a juicio del autor, está imbricada en la capacidad de gestión y de financiación por parte de las instituciones, pasa a analizar otra de las facetas de las crisis de sistema actual: la crisis de demanda en los mercados globales. Y para explicarlo, añade: "No es que haya una crisis de la demanda (hoy día se gasta mucho más que antes), sino que el problema es que ésta aumenta mucho más despacio que la capacidad de producir que tienen algunas líneas de producto". En efecto, este tipo de crisis, en nuestro sector y en nuestro ámbito se traduce, por ejemplo, en la superabundancia de titulados que merodean en nuestro oficio con el fin de arrancar alguna dentellada a nuestro territorio; o en el lugar central que la mercadotecnia sitúa a la figura del "cliente".
El cuarto rasgo de la crisis de nuestro tiempo, señalado por Castells, lo constituyen las dislocadas relaciones laborales. "El problema es que la flexibilidad del trabajo se ha traducido en muchos casos en la flexibilidad del trabajador, y, por tanto, en la inseguridad sistémica del puesto de trabajo". Dada la desafección del trabajador hacia la empresa en la que trabaja, "... en el momento en el que rompe la conexión del trabajador-empresa -sigue diciendo Castells-, el trabajador pasa a tener una estrategia de construir lo que en Silicon Valey llamamos los portafolios individuales de conocimientos de la empresa, es decir, acumula personalmente conocimientos para salir de esa empresa y vendérselos a otra... Esto ayuda a la difusión de la innovación, porque los más innovadores van a otra empresa e innovan. Pero, al mismo tiempo, se individualiza esa innovación, en el sentido de que no hay una acumulación interna en la organización, sino sólo individuos. Se da entonces una relación negativa entre incremento de flexibilidad e incremento de la productividad: a mayor flexibilidad, más competitividad, pero menos productividad". Es decir, a causa de la individualización creciente del conocimiento, entre la fragmentación y dispersión de ése conocimiento y la pérdida de competitividad y el descenso de la productividad, se intercala un delgado hilo que puede ser el detonante de nuevas crisis.
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Una vez soslayado el quinto rasgo, que alude a la mencionada crisis ecológica de la que ya hemos dado cumplida cuenta, Castells acomete el sexto rasgo de la crisis contemporánea. Rasgo que al tratarse de la crisis socio‑política que, por su carácter especial, bien merece un comentario. Porque, en efecto, la crisis socio‑política actual, que no es sino el descrédito de los ciudadanos hacia las instituciones políticas y sociales, hunde su raíz, de un lado, en unas instituciones que se rigen cada vez más por criterios mediáticos; de otro, porque absorbidas casi de modo absoluto por el quehacer en el núcleo de articuladas redes inter‑institucionales, y abstraídas en la endógena dinámica de sí mismas terminan por apartarse de la relación con los miembros que representan; cifrando así su legitimidad, más que en la participación de los miembros de ese colectivo, en el ritual de la representatividad ante los representados. En esta situación, los individuos, perdidos los signos de identidad ‑los viejos valores‑ que les mantuvieran cohesionados a sus miembros y a sus instituciones, buscan sus señas de identidad y de pertenencia en lo local o en lo cercano a través de redes descentralizadas y multiformes.
Llegados a este punto, antes de continuar, conviene hacer un breve resumen de lo dicho, para que se vea que los caracteres generales de la crisis de nuestro tiempo son aplicables en nuestro ámbito, en la medida en que nuestras estructuras profesionales y el sentido de nuestra profesión, en un momento en que ha de enfrentarse a notables cambios en el futuro, también se hallan sometidas a ese instante de modificación trascendente. En efecto, si nos fijamos bien, los movimientos especulativos de capitales están inflando la burbuja del valor inmobiliario -estimaciones del BBVA consideran que el 30% de la inversión inmobiliaria es especulativa-, poniendo con ello en peligro el crecimiento equilibrado en la edificación. Si atendemos a la crisis de la demanda, notaremos que, cada día con más frecuencia, desde otras profesiones se intenta desembarcar en las que fueran exclusivas atribuciones nuestras. Si se quiere seguir la marca indeleble que la innovación tecnológica, la innovación en el proceso y la innovación en el producto ha dejado en nuestro oficio, se estará de acuerdo en que esa es la razón por la que nos vemos obligados a trabajar de otra manera, y que esos retos tenemos que abordarlos en corto espacio de tiempo con objeto de enganchar en la cadena de utilidad. Si el imperativo de incrementar la capacidad de emprender nos afecta de alguna manera, puede comprobarse con la perentoria necesidad de aumentar la capacidad de gestión en nuestro propio trabajo como estrategia ante unos honorarios constreñidos. Si la necesidad de aumentar el nivel de conocimiento llama a la puerta, es porque no podemos permanecer ignorantes ante unas tecnologías constructivas cada vez más complejas y más polémicas por la presión de los usuarios. Si la concentración del conocimiento colectivo es un requisito para elevar la eficacia y la competitividad de nuestra profesión, es porque habremos de enfrentarnos a otras profesiones académicamente más preparadas. Finalmente, si la participación y remoción organizativa de las instituciones profesionales acucia, es porque se necesitan referentes identitarios, abiertos y con personalidad propia, como modo de integración activa de mayor número de miembros de la profesión y de incremento de masa crítica capaz de generar una nueva cultura de la profesión.
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El
sentido de los Colegios Profesionales y de las Profesiones en la actualidad
Aunque en líneas
más abajo volveré sobre algunos aspectos del final del párrafo anterior,
cabe ahora detenerse en una mirada reflexiva sobre el sentido de la profesión
y sobre el de los Colegios Profesionales; aunque sólo sea porque, en la actual
situación, no son pocos quienes, anegado el entendimiento por una proterva
campaña de intoxicación, se empeñan en el descrédito de las profesiones y
de los Colegios Profesionales. Pero, además, los argumentos que van a
exponerse servirán también como un ejercicio de introspección necesaria que,
partiendo del reconocimiento del carácter o los rasgos de nuestra profesión,
que son también los elementos definitorios que hemos de conservar y proyectar
hacia el futuro, serán útiles para abordar un escenario como el actual en el
que nuestra profesión ha de desenvolverse.
Y para eso merece la pena repetir una idea que me parece básica: nuestra profesión no es un accidente histórico ni el resultado de una caprichosa legislación, cuyo objeto fuera el de salvaguardar los medrosos intereses de una casta. Nuestro quehacer obedece, y es, una inveterada función en el proceso productivo de una de las industrias más antiguas: la construcción. Con independencia de las formas que ha tenido en cada momento, esa función -y no sé nombrarla mejor que con el adjetivo de Aparejador- constituye un carácter, un conjunto de cualidades o circunstancias profesionales que nos distingue por nuestro modo de ser y de obrar ante otras, un éthos cuya rústica caligrafía está escrita en el pasado y cuyo texto rescribimos continuamente sobre esa base, día a día.
Pero su legitimación (4) también puede rastrearse desde un punto de vista teórico. Más, cuando ya desde la segunda mitad del siglo XIX y a lo largo del XX -sin olvidar que la primera manifestación de una declaración que iba a definir una profesión fue el juramento hipocráticolas profesiones han sido objeto de estudio de sociólogos y de filósofos (desde Max Weber hasta Ortega), y aún hoy, cuando las profesiones están experimentando un cambio notable, el debate sobre su naturaleza y sobre su ética permanece más vivo que nunca. Para abordar, pues, el asunto desde un perspectiva cercana, en lugar de recurrir a autores extranjeros, nada mejor que el recurso a un texto de Adela Cortina que, a modo de presentación en el libro 10 palabras clave en la ética de las profesiones, con el subtítulo El sentido de las profesiones (editado en el, 2000), aborda, más allá de la perspectiva que se anuncia en el título, una visión de futuro incardinada en lo mejor de la tradición y de la cultura de las profesiones. Es tal la relevancia de 'esa introducción que en su texto se desvelan muchas de las claves del futuro; razón por la cual no haré otra cosa que añadir a su pie algunas anotaciones a modo de comentario.
Cortina comienza su presentación con el siguiente subtítulo: 1. Profesiones: un valor en alza; y enseguida arremete con la siguiente pregunta: "¿qué es una profesión?". Y para contestarla recurre a una cita de Max Weber, extraída del libro La ética protestante y el espíritu del capitalismo, que dice: "Es la actividad especializada y permanente de un hombre (una persona, corrige la autora más abajo) que, normalmente, constituye para él una fuente de ingresos y, por tanto, un fundamento económico seguro de su existencia". Sin embargo, pronto, la profesora se apresta a introducir los seguidos matices: Uno, el primero, al ampliar el sentido de las profesiones sobre la definición antedicha, la lleva a entender la actividad profesional no sólo como un medio para conseguir el objeto externo de su razón de ser (el ingreso), sino también a comprender la profesión como un fin en sí misma; lo cual quiere decir que los profesionales, además de procurarse el ingreso que les permita vivir dignamente, deben dotarse de otro componente que confiere su éthos específico, ése que es fuente de su prestigio y de su legitimidad.
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El siguiente matiz que introduce la presentadora del libro alude al carácter colectivo de la profesión. Y dice del siguiente modo: "la profesión no es sólo una actividad individual, sino la ejercida por un conjunto de personas, de 'colegas' en el sentido amplio del término (perteneciente al mismo collegium, más o menos institucionalizado), que, con mayor o menor conciencia de ello, forman una cierta comunidad, porque deben seguir las mismas metas, se sirven de unos métodos comunes y asumen el éthos, el carácter de la profesión". Finalmente, al hilo de lo anterior, Cortina señala como otro rasgo definidor de las profesiones el hecho de que "el ingreso en una actividad y en una comunidad profesional determinada dota al profesional de una peculiar identidad y genera en él un peculiar sentido de pertenencia".
Con estos tres rasgos definitorios, añadidos a la definición inicial, nuestra autora cierra el círculo del carácter de las profesiones con las siguientes palabras: "(una profesión es) una actividad social cooperativa, cuya meta interna consiste en proporcionar a la sociedad un bien específico e indispensable para su supervivencia como sociedad humana, para lo cual se precisa el concurso de la comunidad de profesionales que cómo tales se identifican ante la sociedad".
Por lo tanto, si nos hacemos eco de las citas reseñadas, el sentido de lo colectivo en lo profesional y en la profesión, no es, pues, la expresión de un ajado corporativismo, sino expresión, en primer lugar, de una necesidad de la sociedad -de esta y de todas, cada una acrisolando las formas profesionales con las que se dota- y, en segundo lugar, de una cultura y de un modo de ser, y hasta de un carácter compartido de la profesión, que no es otra cosa que el conjunto de cualidades o circunstancias propias de una colectividad que las distingue de las demás por su modo de obrar.
Pero su aportación no se queda sólo en lo que puede ser una relectura de las profesiones y de los colegios profesionales: va más allá. En efecto, para Cortina, si la función social de las profesiones reside en que cada una de ellas proporciona un bien específico, no menos importante es la capacidad de las agrupaciones profesionales "para crear identidad y comunidad, aunque sea muy amplia y difusa en tiempos de individualismo anémico, y en su capacidad para generar y fortalecer redes sociales y para potenciar las virtudes, la excelencia necesaria para alcanzar la meta, frente a la mediocridad que respiran el burocratismo y la pura legalidad", y continúa diciendo: "Una sociedad que no desee tener por referencia únicamente dos lados, el mercado y el Estado, necesita potenciar las asociaciones intermedias de todo tipo capaces de generar sustancia moral, y, entre ellas, las asociaciones profesionales". Y este es el meollo de la cuestión.
Efectivamente, en el mundo en que nos desenvolvemos, en una sociedad sometida al yugo del mercado y al son de lo que marcan poderosos organismos internacionales, que arbitran, liberalizan, privatizan y flexibilizan el mundo del trabajo, y hacen y deshacen el modo de vida y la cultura, lejos de lo que los ciudadanos opinan; en un mundo globalizado que se caracteriza por el dominio de la economía financiera sobre la economía y la producción real, en el que el papel del Estado y de los gobiernos voluntariamente se auto-difuminan rendidos al dictado de la "visible" mano que manipula
los mercados, las comunidades profesionales -o los sindicatos o las asociaciones ciudadanas, cada una en su terreno- pueden no sólo construir un refugio y un referente desde el que defenderse de los intereses de los todopoderosos, sino también, y sobre todo, como señala M. Castells (5), como un modo de identidad legitimadora, como un modo de identidad de resistencia y como un modo de identidad de proyecto: como un lugar para la autorealización personal y el espacio para el desarrollo del bien mutuo.
Pero lo dicho no quita para que, ciertamente y con toda razón, puesto que en el pasado los Colegios han aparecido ante la sociedad como reductos aristocráticos, y los profesionales como un grupo de "elegidos" y de "selectos", Cortina, invocando de nuevo a Weber, propugna ahora un giro radical: "...justamente el carácter corporativo de las profesiones ha sido uno de los elementos por los que las asociaciones profesionales han suscitado mayores recelos, de ahí que convenga enfocarlo adecuadamente para lograr que sea fuente de progreso moral en vez de tener carácter regresivo", y continúa diciendo: " ...y queda la noción de que el profesional realiza una misión... junto con los demás profesionales que persiguen una misma meta. Los profesionales forman corporaciones, collegia, y en esta naturaleza corporativa de las profesiones se encuentra el germen de algunos de los grandes servicios que pueden prestar a la sociedad, pero también de esa solidaridad grupal a la que se ha denominado 'corporativismo’.
Desde este punto de vista, se abre pues un margen claro para entender la vida colegial y los Colegios de modo diferente. En efecto, los Colegios, entendidos como agrupaciones de profesionales -y también los profesionales como ciudadanos portadores de unos conocimientos específicos al servicio de la sociedad-, constituyen un espacio indispensable para la defensa de los propios intereses profesionales y los de los ciudadanos, muy en contra de la conspicua propaganda de quienes dicen defenderlos mejor bajo el eufemismo de la "libre competencia"; pero con una condición: que dejen de hacer "...gala las más de las veces de una solidaridad grupal, de una defensa de los privilegios de grupo frente a la sociedad, que carece de justificación en sociedades de ética posconvencional, en las que sólo el servicio a la solidaridad universalista es justificación suficiente".
Que se abandone el espíritu elitista, que se fomente en su interior el espíritu participativo y solidario, que se potencie aún más el conocimiento y la formación, y que se abran las puestas al respiro de las demandas de la sociedad, son, o parecen ser, las claves de la supervivencia de los Colegios Profesionales y, por consiguiente, de las profesiones. Y es que, a largo plazo, su anclaje o su supervivencia no reside más que en la propia capacidad y en su relación con la sociedad.
Mas sigamos con el último apartado de la presentación del libro reseñado, a cargo de Adela Cortina, en el que la autora encara el siguiente capítulo con el epígrafe Sentido y futuro de las profesiones, con las siguientes palabras: "Decíamos en el primer apartado que cualquier sociedad que desee evitar orientarse únicamente por dos referentes, por el Estado y por el mercado, necesita potenciar las asociaciones intermedias tanto adscriptivas como voluntarias, así como el espacio de una opinión pública autónoma con respecto a los poderes políticos. Ésta es, obviamente, una de las razones por las que, en nuestro momento, determinados grupos progresistas procuran un fortalecimiento de la sociedad civil, especialmente de aquellas asociaciones de la sociedad civil y del marco de la opinión pública que pueden ser fuente de moralización social. Entre las asociaciones voluntarias se encuentran los Colegios Profesionales".
Como se ve, esta cita se alinea no sólo con mucho de lo que Castells señaló ser uno de los caracteres de la crisis socio-política de nuestro tiempo, sino que también confiere a los Colegios un activo papel social de intermediación entre las fuerzas fácticas del mercado y la degeneración autista de los gobiernos.
Tras llamar a la conveniencia de trazar responsablemente una línea divisoria entre lo que es un conjunto de prácticas que ayuden a alcanzar las metas de las profesiones y cuáles no lo hacen, qué valores y qué principios es preciso encarnar para proporcionar a la sociedad el bien que le es debido, la profesora añade: "En este sentido, no cabe duda de que los profesionales son quienes mejor conocen la trama interna de la profesión y, por lo tanto, los que mejor están preparados para determinar qué son buenas prácticas. Pero es igualmente indudable que esa tarea no pueden hacerla solos, sino que han de llevarla a cabo con los beneficiarios de la actividad: junto con los usuarios. Los usuarios son los que experimentan la calidad del servicio prestado y, aunque no conocen la trama interna de la profesión, resultan indispensables para determinar qué prácticas producen un servicio de calidad y cuáles no. De ahí que hoy en día los Colegios Profesionales no puedan ser cerrados... En este punto deben transformarse radicalmente".
No es que Adela Cortina, catedrática de filosofía y ética de la Universidad de Valencia, al acodarse entre el Estado y el mercado, exhiba un talante ácrata o algo así. Nada de eso; nuestra autora, que sí es progresista al modo en que tal cosa se puede ser razonablemente hoy, propugna un convencido fortalecimiento de los ciudadanos y de la sociedad civil; porque tras la crisis de credibilidad en el mundo de los negocios -y no digamos en el ámbito de la especulación del suelo-, tras la pérdida de representatividad, de credibilidad y de legitimidad de las instituciones públicas, tras el descrédito de los gobernantes y sus partidos; tras la dejación del Estado en sus funciones en manos de organismos supranacionales, la profesora vuelve esperanzada su mirada a las instituciones civiles y a la capacidad de la gente para regenerar y dar sentido a las cosas. Y es en este punto en el que, me parece, profesiones y consumidores pueden (podemos) anudar alguna alianza basada en la corresponsabilidad y en el 'empoderamiento' mutuo, sin privilegios ni excepciones.
NOTAS
(1) Pp. 186 a 188, op. cit.
(2) Uno de los casos más llamativos puede ser el de Ventura Rodríguez, nombrado Aparejador segundo del Palacio Real de Madrid, en 1741, a las órdenes de Sacchetti(véanse páginas de la 170 a la 185, op. cit.)
(3) Crisis, según el diccionario de la RAE, quiere decir lo siguiente: mutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya de orden históricos o espirituales. Situación de un asunto o proceso cuando está en duda .la continuación, modificación o cese. Momento decisivo de un negocio grave o de consecuencias importantes. Pues bien, yo prefiero adherirme al último significado porque él expresa mejor lo que entiendo por una situación que es permanente.
(4) Según el diccionario: Legitimidad: cualidad de lo legítimo; legítimo: Conforme a las leyes. Justo. Cierto, genuino y verdadero en cualquier línea.
(5) La Era de la Información, vol. 2, Capítulo 1. Paraísos comunales: identidad y sentido en la sociedad Rece