CONSTRUIR CON TIERRA

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Tradicionalmente la energía necesaria para satisfacer la demanda de las instalaciones de los edificios estaban basadas en la electricidad, necesaria para el funcionamiento de la iluminación, los electrodomésticos y demás máquinas y aparatos, y en ocasiones también para las instalaciones de calefacción y aire acondicionado. 

La arquitectura popular o vernácula, que forma parte esencial de nuestros pueblos y ciudades, está construida fundamentalmente con materiales obtenidos de la propia naturaleza: madera, piedra, o tierra cruda o cocida. Estas últimas se materializan en construcciones realizadas a base de adobes, ladrillos y tapias o tapiales. 

El patrimonio edificado con tierra, incluye una amplia variedad de tipologías constructivas, que abarcan desde las construcciones más elementales en el ámbito rural, como chozas, graneros, palomares, etc., hasta palacios, iglesias y mercados, o las más importantes murallas y fortificaciones.

En forma de adobe, tapial o barro mezclado con paja, trozos de tejas o trenzados vegetales la tierra está presente en conjuntos tan importantes como los Palacios de la Alhambra y el de Toral de los Guzmanes en León, las murallas de Niebla en Huelva, o las cercas de la Macarena y de los Reales Alcázares en Sevilla.

La generalización en el uso de la tierra se debe a dos razones: su abundante presencia en los estratos superiores del terreno, lo que supone un mínimo coste de obtención, y la posibilidad de aplicarla directamente o con métodos que requieren una mínima técnica, lo que permite su empleo generalizado, sin requerir personal cualificado, ni herramientas o medios auxiliares sofisticados.

El comportamiento del adobe y de los cajones de tapial es muy bueno, siempre que se cuide la conservación de los edificios y se vigile, especialmente, el correcto mantenimiento de sus cubiertas.

Este tipo de edificios debe estar construido con un zócalo inferior de piedra o de mampostería, con una altura no inferior a 60 centímetros, que evitará el ascenso del agua desde el terreno. Sobre esta base aislante se han levantado los edificios a base de la superposición de piezas de adobe, que es un material con un magnífico comportamiento como aislante térmico. Los huecos para puertas y ventanas se cubren con dinteles de madera, y de este material se realizan los pisos y la cubierta.

En edificios de mayor tamaño o importancia, palacios, iglesias o murallas, se ha utilizado el tapial, que es una mezcla de barro, arena, garbancillo o pequeños cantos rodeados, y en ocasiones cal, que una vez apisonado adquiere una gran dureza y resistencia.

La conservación de esta arquitectura es muy sencilla porque únicamente es necesario cuidar su protección externa, que generalmente se resuelve a base de aplicar una costra con un mortero de cal, barro y agua, que se adhiere fuertemente a las paredes.

El magnífico comportamiento bioclimático de estos edificios, su integración con el entorno, su concepción ecológica y el bajo coste de su construcción y mantenimiento han propiciado la creciente recuperación de estos ejemplos de nuestra más pura arquitectura vernácula.