SUELOS DE BARRO

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Con la madera y la piedra, el barro ha constituido históricamente uno de los materiales más utilizados en la construcción de nuestras casas, y aún hoy es utilizado en muchas culturas como material para levantar paredes y muros, o aislar e impermeabilizar las cubiertas. Sin embargo, en la actualidad su uso ha quedado restringido a la fabricación de algunos materiales de construcción, como tejas, ladrillos, baldosas y piezas especiales para la ejecución de pavimentos.

Tradicionalmente, las baldosas de barro están elaboradas con tierras ricas en arcilla, lo que las proporciona su aspecto natural, y gran variedad en sus colores y texturas. Las piezas elaboradas artesanalmente están cocidas en hornos de leña, y por tanto su acabado es algo irregular, pudiendo presentar un ligero alabeo en su superficie. Por ello cuando se colocan en solados o en el alicatado de paredes, debe dejarse una junta suficientemente ancha, para absorber estas diferencias de nivel sin que afecte al aspecto del pavimento, rellenándose las juntas con materiales elásticos en pasta.

En la actualidad, la práctica totalidad de las baldosas de barro se obtienen mediante fabricación industrial, y frecuentemente la tierra arcillosa está mezclada con otros materiales, especialmente cal y resinas, que mejoren su durabilidad, y la hacen menos quebradiza. Estas baldosas presentan mayor regularidad superficial, manteniendo sus diferencias de tono, lo que facilita considerablemente su colocación y limpieza.

 Los pavimentos de barro admiten diferentes tratamientos superficiales, en función de la intensidad de uso que tendrá el suelo, y de la imagen que se desea obtener. Es frecuente su barnizado, que reduce la aparición de manchas y los efectos de la excesiva humedad sobre su superficie, y exige un menor mantenimiento del solado.

Para proteger los solados y alicatados de barro, un sistema tradicional consiste en limpiar previamente la superficie con agua y detergente neutro, y una vez secas las piezas se procede a la aplicación de sucesivas manos de aceite de linaza, que impregnan la capa superior de las baldosas y crean una película superficial estable, que resistirá la humedad, los golpes y las variaciones de temperatura.

El mejor acabado se obtiene mediante la aplicación de ceras tradicionales, pero presenta el inconveniente de la necesidad de repetir periódicamente el encerado de toda la superficie.

En el borde del pavimento, próximo a las paredes y tabiques, conviene dejar una pequeña separación de 1 o 2 centímetros, colocando bandas de caucho, poliestireno expandido o corcho, que permitan pequeños movimientos del suelo cuando se producen diferencias importantes de temperatura. De esta forma, las pequeñas variaciones en la dimensión de las piezas se absorben en esta zona perimetral evitando que se fisuren o rompan, manteniendo así el pavimento en perfectas condiciones de uso y conservación.